El coordinador de Libertad y Refundación asegura que no teme una eventual reactivación política del exmandatario. El retorno de Hernández permite a LIBRE recuperar a su principal adversario histórico, mientras coloca una nueva presión sobre el gobierno de Nasry Asfura.
Tegucigalpa, Honduras.— El regreso de Juan Orlando Hernández a Honduras no solo reabrió el debate sobre los procesos judiciales pendientes contra el expresidente, sino que también revivió una de las confrontaciones políticas más profundas de las últimas décadas: la rivalidad entre el movimiento encabezado por Manuel “Mel” Zelaya y el sector nacionalista asociado con el exgobernante.
Hernández retornó al país el 26 de julio, ocho meses después de recibir un indulto del presidente estadounidense Donald Trump que puso fin a la condena de 45 años de prisión que cumplía en Estados Unidos. El perdón presidencial no afecta las acusaciones que enfrenta en Honduras por presunto fraude y lavado de activos relacionados con el denominado caso Pandora. Su comparecencia ante un juez está programada para el 3 de agosto.
Zelaya: el indulto no elimina los delitos
El coordinador general de Libertad y Refundación afirmó que no siente temor por el retorno de Hernández ni por una posible reactivación de su liderazgo dentro del Partido Nacional. Zelaya sostuvo que no le corresponde actuar como juez o fiscal y que será la ciudadanía la que valore el futuro político del exmandatario.
“El pueblo es el gran soberano, es el que juzga”, declaró Zelaya, quien agregó que Trump “le perdonó la pena, no los delitos”. Según el dirigente de LIBRE, Hernández todavía deberá responder ante la historia y ante la sociedad hondureña por las actuaciones atribuidas a su administración.
La posición marca una diferencia entre la situación judicial del expresidente y su capacidad para recuperar influencia política. Mientras los tribunales deberán resolver los expedientes pendientes, Zelaya plantea que el verdadero juicio contra Hernández se desarrollará en el terreno electoral y en la opinión pública.
El exgobernante también rechazó cualquier intento de restablecer la reelección presidencial y acusó al movimiento político estadounidense asociado con Trump de ejercer influencia sobre la conducción actual de Honduras. Con ello, Zelaya vinculó el regreso de JOH con un escenario regional más amplio, caracterizado por el acercamiento del gobierno de Nasry Asfura a la administración estadounidense.
LIBRE cierra filas contra una eventual rehabilitación de JOH
Otros dirigentes de LIBRE han mantenido una postura similar. La excandidata presidencial Rixi Moncada afirmó que el partido no teme el regreso de Hernández y pidió que el Poder Judicial actúe sobre las causas abiertas en su contra. También ha presentado su retorno como parte de la influencia política ejercida por Trump en Honduras.
El diputado Sergio Castellanos advirtió, por su parte, que el regreso del exmandatario no debe convertirse en el retorno de la impunidad ni de las estructuras que LIBRE ha denominado históricamente como el “narcoestado”. El congresista Roger Martínez calificó el caso como una prueba para la independencia y credibilidad de la justicia hondureña.
Las declaraciones muestran que LIBRE buscará mantener el tema de la justicia y la lucha contra la impunidad como centro de su respuesta política. Sin embargo, también reflejan la necesidad del partido de reconstruir su discurso después de la fuerte derrota sufrida en las elecciones generales de 2025, cuando su candidata quedó en tercer lugar con menos del 20 % de los votos.
Un adversario conocido para reorganizar la oposición
El regreso de JOH podría representar una oportunidad política para LIBRE. Desde su fundación, buena parte de la identidad del partido se construyó en oposición a los gobiernos nacionalistas y, particularmente, contra Hernández, a quien responsabilizó por la crisis postelectoral de 2017, la persecución de manifestantes y la concentración de poder institucional.
Ahora, convertido nuevamente en partido de oposición, LIBRE encuentra en el retorno del expresidente una figura capaz de reunificar temporalmente a sus distintas corrientes. La presencia de Hernández permite a Zelaya recuperar un adversario claramente reconocible y presentar la coyuntura como una nueva confrontación entre el proyecto de “refundación” y el antiguo modelo nacionalista.
No obstante, el retorno también plantea riesgos para la estrategia de LIBRE. Concentrar nuevamente todo su discurso en JOH podría impedirle realizar una revisión profunda de los errores, divisiones internas y cuestionamientos que contribuyeron a su derrota electoral.
La sombra de JOH sobre el gobierno de Asfura
Para el Partido Nacional, el regreso del expresidente tiene un efecto doble. Hernández conserva seguidores y capacidad de movilización, como quedó demostrado con la recepción organizada por simpatizantes nacionalistas en Palmerola. Su presencia puede fortalecer emocionalmente a las bases más tradicionales del partido.
Al mismo tiempo, su liderazgo podría proyectar una sombra sobre la administración de Nasry Asfura. Aunque JOH aseguró que desea respaldar a la nueva dirigencia nacionalista y afirmó que una candidatura no forma parte de sus planes inmediatos, tampoco descartó totalmente un futuro regreso a la actividad electoral.
La posibilidad de que Hernández recupere protagonismo obliga al oficialismo a equilibrar el reconocimiento de su influencia con la necesidad de preservar el liderazgo propio de Asfura. También incrementa la presión sobre las instituciones judiciales, debido a las sospechas de que el control nacionalista del Ejecutivo pueda favorecer un desenlace beneficioso para el exmandatario.
El regreso de JOH, por lo tanto, no modifica automáticamente la correlación de fuerzas, pero sí transforma el ambiente político. Para LIBRE representa la oportunidad de reconstruirse alrededor de un enemigo histórico; para el Partido Nacional supone el retorno de un líder con capacidad de movilización, pero también con una pesada carga judicial y política.
La reacción de Mel Zelaya confirma que la disputa entre ambos sectores vuelve a ocupar el centro del debate nacional. Más que una confrontación entre dos expresidentes, el episodio reactiva las divisiones que han marcado a Honduras desde la crisis de 2009 y anticipa una nueva etapa de polarización entre nacionalistas y libreístas.
